Plazas madrileñas en Fortunata y Jacinta

Benito Pérez Galdos retratado por Joaquín SorollaGaldós llegó a Madrid en 1862, con apenas veinte años. Acudía a la urbe para seguir estudios de Derecho en la Universidad Central, sita en la calle de San Bernardo. Ese cambio de aires no le vino mal al bisoño estudiante, ya que de esta forma se ponía tierra (y mar) en los amores de don Benito y su prima Sasita, relación que no gozaba del beneplácito de sus familiares.

La población madrileña se cifraba entre 200 000 y 300 000 habitantes. Había cinco puertas, más simbólicas que reales, destacadas: Alcalá, Toledo, Atocha, Segovia y Fuencarral. Pero, sin lugar a dudas, la Puerta del Sol se erigía en el núcleo o meollo de la Villa y Corte. Su vitalidad no dejaba de sorprender a propios y a extraños. El barón Jean-Charles Daviller, acompañado por el celebérrimo artista Paul-Gustave Dorè, a la sazón ilustrador de los escritos de su compañero, visita la capital y sanciona este aspecto: «La Puerta del Sol es aquí lo que el Ágora era en Atenas y el Foro en la Ciudad Eterna: es el corazón en el que desembocan las arterias de la ciudad, el centro de la vida y el movimiento, el lugar de cita de los paseantes, los ociosos y los buscadores de noticias. Por lo tanto empezaremos por esta célebre plaza nuestra revista de la capital de España».1

Esta plaza ha sufrido transformaciones notables. Por ejemplo, en el solar del Buen Suceso se ha construido un enorme edificio que alberga un hotel. El suelo también cambió. El antiguo empedrado irregular, denominado cabeza de perro, dejó paso a un más moderno suelo de adoquines. La fuente castiza de la Mariblanca en 1838 se decidió trasladar a la plaza de las Descalzas Reales. Acaso como compensación, una magnífica farola iluminaba la plaza desde su centro. La prensa de la época (1864) refleja el deambular incesante de personas por este enclave:

Amanece en la puerta del Sol. En Madrid donde más de una vez se cierran las puertas del trabajo al hombre laborioso, las de la caridad al mendigo, y las de la Academia al sabio, hay, sin embargo, una puerta que no se cierra nunca. Esta puerta es la puerta del Sol.

“…Yo no me he creído completamente familiarizado con la vida de Madrid, ni digno de honrarme con el título de su vecino, hasta que he logrado el más vehemente de mis deseos. Ver amanecer en la Puerta del Sol…”

Podrás leer el artículo completo en Madrid Historico 62.

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