Santa Rita, un reformatorio de leyenda

5.00221.005bSanta Rita, desde su fundación, ha trascendido en muchas ocasiones sus funciones pedagógicas originales. Desde que un grupo de frailes valencianos llegara a Carabanchel Bajo a finales del siglo xix, el establecimiento ha encarnado diversas actividades que dejaron su huella en la vida cotidiana de los vecinos de su entorno. El haber desempeñado las funciones de reformatorio, cárcel o colegio, dieron al edificio una aureola de leyenda que, sin embargo, y de manera paralela a la evolución social de nuestra ciudad, se ha ido diluyendo con la paulatina transformación del pequeño pueblo madrileño en distrito de la capital.

En 1889 y bajo el impulso del jurista y político conservador Francisco Lastres se inauguraba en Carabanchel Bajo la primera escuela correccional de España. La recién creada Congregación Religiosa de los Terciarios Capuchinos, fundada por el padre Luis Amigó, fue la designada para regentar el establecimiento.

La labor pedagógica de los «amigonianos» fue objeto de continuas loas por parte de los sectores eclesiales y conservadores de la sociedad española mientras que los republicanos e izquierdistas la consideraban como paradigma de la enseñanza clerical y represiva. En los primeros meses de la guerra civil el edificio se convirtió en «checa», siendo reconvertida en una improvisada y dura prisión para los derrotados republicanos tras la victoria franquista.

Al inaugurarse en 1944 la prisión de Carabanchel, el ya vetusto edificio dejó de albergar a los prisioneros políticos, siguiendo veintidós años en los que el abandono se enseñoreó del recinto. En 1966 los terciarios capuchinos refundan el centro, perdiendo el carácter de reformatorio y adoptando el nombre de Colegio Fundación Santa Rita.

En noviembre de 1875 el senador Francisco Lastres exponía a la prensa el proyecto de crear una escuela de reforma para niños y jóvenes marginados e inadaptados en riesgo de caer en la delincuencia. Esta iniciativa se encontraba motivada por una inquietud que se manifestaba desde diferentes ámbitos, tanto laicos como eclesiales, sobre el tratamiento penal del menor así como por sus condiciones de vida. En España, como en Europa, el problema de la infancia delincuente había sido abordado desde los siglos anteriores de forma muy fragmentaria, existiendo únicamente algunas iniciativas muy parciales, especialmente por parte de la Iglesia. La legislación era escasa y la mayor parte de los proyectos de protección que iban surgiendo nunca se llevaban a cabo. En España los antecedentes más parecidos a las que luego serían las escuelas de reforma los encontramos a partir del siglo xviii en Sevilla y a lo largo del siglo xix en Barcelona.

Desde 1834 y mediatizados por los vaivenes políticos, se tomaron algunas medidas que trataron de paliar en parte la situación de los niños y adolescentes delincuentes. Desde los 15 años de edad al joven se le considera responsable penal a todos los efectos, aplicándose entre los 9 y los 15 años una ambigua normativa punitiva basada en el hipotético «uso de la razón» por parte del menor. Una de las medidas que se establece, lamentablemente fracasada, es la creación de módulos específicos en las cárceles para menores de 21 años, ofreciéndoles enseñanza y formación profesional con un claro sentido reeducador.

Durante el Sexenio Revolucionario continúan produciéndose algunos intentos en la dirección antes indicada, pero la legislación al respecto (Código Penal de 1870) apenas presenta modificaciones sustanciales. Es en esta situación cuando los políticos de la Restauración y miembros de diferentes sectores sociales tratan de abordar el problema de la infancia delincuente. Ahora el planteamiento se encuentra inserto en lo que en esta época se denomina «la cuestión social», que hace que todos los focos de marginación que la sociedad liberal genera se empiecen a ver como peligros para el orden establecido. Son los años en los que las clases trabajadoras empiezan a movilizarse y organizarse (I y II Internacionales) cuestionando la vigente jerarquía social. Simultáneamente surgen iniciativas reformadoras y filantrópicas desde diferentes sectores sociales.

El panorama que ofrecían los niños y jóvenes en los suburbios de las ciudades españolas no se diferenciaba en exceso del que años atrás nos pintaba Charles Dickens en Oliver Twist (1837-1839) en los primeros años de la Inglaterra victoriana. La literatura europea (realismo y naturalismo) siguiendo esa misma senda va a convertir a los marginados en protagonistas de sus argumentos como hacen Víctor Hugo, Balzac, Zola, Pardo Bazán o Galdós. A finales del siglo xix Madrid era una ciudad que acogía en su seno legiones de marginados surgidas por la creciente inmigración. Estos nuevos «madrileños» se fueron instalando en las zonas más deterioradas de su casco histórico y en unos suburbios que crecían sin control en medio de un anárquico desarrollo urbano.

Podrás leer el artículo completo en nuestra revista Madrid Histórico 65

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