Cervantes y la vida descarnada de su tiempo

paret6En un tiempo en el que rebuscan los huesos de Cervantes nos llega el IV centenario de su muerte. Tan fúnebre coincidencia hace que no sea arbitraria la dedicación de este artículo a centrar nuestra atención en las descarnadas costumbres sociales de su tiempo y en el papel de las más altas instancias del poder (Corona e Iglesia) en aplicar una justicia tan implacable que no se detenía ni ante los propios huesos de los difuntos.

Los viejos tiempos de la monarquía de los Austrias tuvieron, como referente destacado, las estrictas normas de una religiosidad que se manifestaba de forma implacable, con un Santo Oficio dotado de plenos poderes, siempre dispuesto a iniciar duras investigaciones que con frecuencia se traducían en penas tan infamantes como el ser azotado y mostrado a la vergüenza pública, o sufrir el castigo más severo: el ahorcamiento y el fuego en la hoguera a la vista de todos. El brazo secular, ejecutante de las sentencias, no le iba a la zaga, y así también, en el ámbito rural que constituye el escenario protagonista de la obra esencial de Cervantes, los cuadrilleros de la Santa Hermandad azotaban y ahorcaban sin contemplaciones a los condenados (la pena capital por asaetamiento no fue abolida hasta tiempos de Carlos I, en 1532).

De este modo, el común de la ciudadanía vivía con la incertidumbre de la denuncia anónima y, de forma acentuada, los altos ingenios como Calderón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Moreto, Quevedo y nuestro protagonista Cervantes que en algún momento de sus vidas se acogieron al refugio de la Iglesia, tomando los hábitos o incorporándose a influyentes instituciones piadosas.

Miguel de Cervantes, nacido en la madrileña Alcalá de Henares (en 1547) y fallecido en Madrid (en 1616), donde residió buena parte de su vida, recorrió el país y conoció a sus gentes, participó en guerras de las que sobrevivió mutilado, fue cautivo por el enemigo, encarcelado por sus paisanos y vigilado estrechamente por la censura eclesiástica. Pero todos estos avatares no le impidieron crear un legado literario de dimensión imperecedera, ni renunciar a la crítica de algunas costumbres de la sociedad que le tocó vivir. También maniobró con discreción para sortear la furiosa disciplina eclesiástica protectora de la ortodoxia no solo en el obrar, sino incluso en el pensar. Nos detendremos pues a contemplar las costumbres sociales de la época y la intransigencia del poder, realidades que se prolongaron con pocos cambios durante siglos. También aportaremos algunos fragmentos reveladores en boca del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Según un destacado cronista de las viejas costumbres vigentes aún a principios del xix (Diego San José), el Domingo de Ramos, día en que se conmemora la triunfal entrada de Cristo en Jerusalén, era de rigor el que los galanes ofreciesen a sus prometidas vistosas palmas al tiempo de entrar estas en la iglesia. Terminada la devoción, cada galán llevaba a prender su ofrenda en la reja de su dama, sujetándola allí con magníficas cintas de seda, cuyo color manifestaba el estado en que se hallaba su amoroso pleito. Llegado el Miércoles Santo, día en que quedaba suspenso en las calles el tránsito de los coches, se tomaba como punto de reunión las lonjas de los templos a las que las damas acudían, muy compuestas, siempre muy resguardados los rostros por el luengo manto que, haciendo alarde de ser galante, llegaba hasta besarle los pies y respetaba los amplios escotes. Portaban matracas hechas de finísimas maderas, con aldabillas de plata (o de oro las más acomodadas), pero no se privaban los galanes de este singular instrumento que adquirían en los puestos callejeros o, los más pudientes, mandaban labrar a los mejores tallistas de la corte. La Pasión de Cristo, a la par de la amorosa del cortejo, iba representada en el artístico adminículo.

Podrás leer el artículo completo en el Número 66 de la Revista Madrid Histórico

 

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