Los parques de Madrid, vástagos y raíces en el origen y crecimiento de la ciudad

10-la-casita-del-pescador-es-un-capricho-de-la-realeza-que-se-integra-armonicamente-en-el-paisajeLas más de 5000 hectáreas de parques y jardines que envuelven la ciudad de Madrid, sin contar las 16 000 hectáreas del monte de El Pardo, la sitúan como una de las más verdes del mundo. La diversidad y calidad de estos parques son uno de sus bienes más preciados, pero algunos, sorprendentemente son, a pesar de su importancia, bastante desconocidos.

Por otro lado, la capacidad humana de romper con el equilibrio ambiental ha llegado hasta límites tan colosales como la modificación del propio clima de la Tierra. Existe una frontera a partir de la cual este exceso modificador, propio de las grandes ciudades, se convierte en un gran inconveniente, e incluso en una peligrosa opción que puede repercutir negativamente en nuestro bienestar.

Madrid, una de las ciudades con más y mejores parques del mundo, puede convertirse en ciudad de referencia, regenerándose a través de sus parques, buscando su interconexión, devolviendo a la vida un universo excesivamente complejo, a veces incoherentemente creado al margen de los organismos vivos. Descubrir y comprender este importantísimo patrimonio permite entender mejor la esencia más pura de la ciudad, su historia, sus vivencias y sus órganos vitales.

Partiendo de la ciudad como la más intensa de las transformaciones del paisaje natural, hemos sido conscientes de dejar un espacio para el recuerdo de lo que hubo, aunque se encuentre sensiblemente matizado por nuestra especial manera de entender las cosas. Ya desde la Antigüedad, la necesidad de conservar espacios de calidad ambiental en las ciudades era intencionadamente contemplado, y aunque con ciertas restricciones, se intentaba sustituir el patrimonio natural perdido creando parques, jardines o paseos arbolados situados entre las distintas zonas urbanizadas.

En este sentido, una de las claves fundamentales de la herencia recibida en la actualidad, reside en la amplitud de los espacios ajardinados estrechamente vinculados a las posesiones reales, que en Madrid, ya a finales del siglo xviii, se extendían por distintos rincones de la ciudad ocupando tres veces más territorio que el del casco urbano, e incluso condicionando el desarrollo y crecimiento de la misma. Pero no hay que olvidar que estos espacios verdes eran privilegio de solo unas clases y no de toda la ciudadanía. La evolución de aquellos lugares hacia los parques actuales es, por tanto, el resultado, en un principio, de los caprichos de la realeza y de las altas clases sociales que fueron pasando con el tiempo a ser de uso público, a la vez que se destinaban nuevos territorios para crear nuevos parques según la ciudad extendía sus dominios.

En la actualidad, se pueden disfrutar como rico muestrario de su propia historia, desde sus remotos orígenes hasta los llegados en los últimos tiempos. A lo largo de este prolongado camino se han producido cambios en la forma de concebir el espacio urbano más naturalizado, cambios en su manera de vivirlo, en su forma de integrarlo. En unos casos, se incorporan instalaciones de carácter social y público modelando una compleja red que fomenta la participación ciudadana, que permite salir en el auxilio de los infinitos colmenares artificiales donde nos refugiamos, a veces en exceso. En otros, el parque funciona como una república independiente del resto del entorno urbano. Genera su propio aire, su microclima, adopta formas y colores sin apenas intervención humana, recrea sonidos muy personales, inimitables, impredecibles, escapa de los rígidos flujos y estructuras establecidas para reivindicar un estado necesariamente alternativo.

Podrás leer el artículo completo en la Número 66 de la Revista Madrid Histórico

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