La cabalgata de Reyes en Madrid

10-www-buscameen-elciclodelavida-com-ramon-gomez-de-la-serna-antonio-robles-y-bartolozzi-cabalgata-reyes-en-madrid-1935Las primeras huellas del arte cristiano referidas a la Navidad se encuentran en la pintura y en la escultura vinculadas a escenas funerarias halladas en las catacumbas, como reseña Pablo Martínez Palomero, «en la imagen de la Natividad en el arte». Así en el siglo ii en la Capella Graeca de la catacumba de Santa Priscila se halla un fresco de la Navidad de extraordinaria belleza que ha propiciado que se haya denominado a dicho recinto «la Sixtina de las catacumbas». También en la catacumba de San Pedro y San Marcelino, de procedencia más tardía, en su arcosolio, se encuentra la Virgen con el Niño y dos Magos. Asimismo, en otro cubículo del cementerio en dicha catacumba, del siglo iii, están representados los Magos. En los comienzos del siglo iv en la catacumba de Santa Domitila, en un lóculo aparece la Virgen y el Niño, acompañados de los Magos.

Manuel Alvar en uno de sus artículos al que titula «Los Reyes Magos» precisa el guarismo de los Magos: dos en las catacumbas de San Pedro y San Marcelino y Santa María la Mayor; tres en la Capella Graeca, en las catacumba de Santa Priscila y en el Museo Laterano; cuatro en el cementerio de Santa Domitila; ocho en un hermoso jarrón que pertenece a los fondos del Museo Kircher de Roma; doce en la tradición siria como consecuencia de las doce tribus de Israel y los doce apóstoles. En diversos documentos armenios de la Edad Media se alude a la existencia de doce por las doce tribus de Israel. En el libro sirio La caverna de los tesoros, de los siglos v o vi, los Magos que ascienden al monte Nud en espera de la estrella eran doce. El mismo dígito es el que se constata en la Crónica de Zuqnín.

Si en el cristianismo en la conmemoración de la Navidad el nacimiento de Jesús es la representación artística que más se ha prodigado, la escena de la adoración de los Magos ha tenido una belleza singular en diferentes etapas históricas, desde las primeras representaciones plásticas, siguiendo con el arte bizantino, el románico, el gótico, el renacentista y el barroco.

Los magos, sabios y científicos, no siempre fueron tres, ni tampoco reyes, y Baltasar no se representaba como un Mago de raza negra. El hecho de de que se les denominara «Magos», como indica Pablo Martínez Palomero en El misterio de la Natividad, se debe a que este sustantivo, en pehlvi, la lengua vulgar de los persas, hace referencia a personas sabias o sacerdotes, de una formación superior que estudiaban diversas disciplinas, especialmente la astrología. En cuanto a los evangelios apócrifos, el Evangelio de la infancia de Jesús los consideraba hijos de los reyes de Persia y en el Evangelio armenio se especifica su condición real: Melchor era monarca de los persas, Gaspar soberano de los indios y Baltasar rey de los árabes.

Pronto se consolidó la cifra de que eran tres los Magos y, como afirma Cardini, no solo porque eran tres los obsequios, sino, también, «porque el tres era el eje de la numerología cristiana».Orígenes, en el siglo iii, fue el primero en manifestar que los Magos eran tres y posteriormente el pontífice san León I y el obispo Máximo de Turín en el siglo v ratificaron esa cifra. Tertuliano, entre los siglos ii y  iii, fue el primero, conforme precisa Cardini, en observar la condición regia de los Magos. Se trataba de descartar cualquier interpretación malévola de la palabra «mago» y anteponer la palabra «rey» al término «mago». Realeza que corroboró san Cesáreo de Arlés, en los siglos v y vi. Igualmente, san Beda en su obra De temporibus liber, del siglo viii, precisó que los Magos que adoraron a Jesús fueron: Melchior, Hiespar y Waltahauser, equiparables a los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, denominación que aparece por primera vez en un códice del siglo vii, en la Biblioteca Nacional de París. San Beda fue uno de los que más popularizó ese aspecto de los Magos: sus atuendos, sus obsequios, sus nombres, su edad, sus rasgos físicos y su procedencia.

Podrás leer el artículo completo en el Número 67 de la Revista Madrid Histórico.

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