Gentes del placer en el Alcázar madrileño

Entre la multitud de personas que pululaban en torno al rey durante el tiempo que la residencia real fue el Alcázar, hemos de destacar a un grupo de seres diferentes, marginales y que estaban destinados no al servicio, sino al entretenimiento de las personas regias: eran las «sabandijas de palacio», los «hombres de placer». En este reportaje de Madrid Histórico hablaremos de muchos de ellos: truhanes, bufones o seres contrahechos. Tipos como Perejón, Soplillo, Pablillos de Valladolid, Diego de Acedo, el Primo, o Nicolasito Pertusato.

Existe un magnífico estudio de Veronique Gerard sobre el Alcázar de Madrid, en el que dice que «sea cual fuere la civilización que represente, un Palacio manifiesta y simboliza, casi siempre, el recuerdo de un monarca». Pero el vetusto Alcázar madrileño simboliza mucho más. En él y en su evolución desde fortaleza a palacio, está presente toda la historia viva de la villa de la que fue su núcleo primigenio, que creció a su alrededor y llegó a ser capital de las Españas.

Madrid era y sigue siendo una villa alegre, y con la llegada de la Corte en 1561, que iba a investirla de una capitalidad con la que no soñaba, esta alegría se potenció y, ante la fachada principal de su Alcázar en la plaza que hoy conocemos como de la Armería, se daban cita, en ocasiones festivas, danzarines, magos y grupos de volatineros —Los Buratines— que hacían las delicias de los madrileños que acudían a las puertas del Alcázar paras divertirse. Ese Alcázar en constante evolución que alcanzaría su máximo esplendor cuando Felipe IV, el monarca poeta y velazqueño, ciñera la corona de España.

En esta época dorada en el interior, el embellecimiento y la fastuosidad decorativa del Alcázar alcanzó su más alto grado. Sus salones se ornamentaron con las obras pictóricas más señeras de Ticiano, Rubens, Alberto Durero, Tintoretto, Veronés, Correggio, Carraci, Rafael y, cómo no, del pintor favorito del gran diletante que fue Felipe IV, Diego Velázquez, que fue quién orquestó la fastuosa decoración palatina tanto de la Sala Ochavada, como del Salón de los Espejos, construidos durante el reinado de este rey poeta y cultísimo, aunque mal gobernante. Sus muros se adornaron con mármoles y jaspes, y las bóvedas con los frescos de Colonna y Mitelli, artistas italianos, estrellas del «barroco decorativo», contratados por Velázquez por encargo de su señor en el segundo viaje que realiza a Italia, donde permaneció por espacio de dos años.  El Alcázar madrileño vivió en este tiempo sus días de máximo esplendor.

En este inmenso edificio, esplendoroso y sombrío a la vez, palacio de leyendas, de grandes contrastes, donde junto a estancias amuebladas con lujo fastuoso se encontraban aposentos tétricos y miserablemente conservados, donde las escaleras y pasadizos secretos y las entradas misteriosas se abrían donde menos podía esperarse, paraíso de la intriga política y la aventura amorosa, transcurría la vida del rey, su Gobierno, los altos dignatarios y los Consejos, asistidos por una populosa pléyade de mayordomos, criados, ayudas de cámara, caballerizos, etc…

Entre esta multitud de personas que pululaban en torno a la majestad real, hemos de destacar a un grupo de seres diferentes, marginales, destinados no al servicio, sino al entretenimiento de las personas regias: eran las «sabandijas de palacio», los «hombres de placer», que desde la Edad Media constituían un ornato indispensable en las Cortes de los príncipes y grandes señores. Eran estos los bufones, truhanes o albardanes, los enanos, monstruos e idiotas, seres que contravenían los cánones de la normalidad. Eran, como se decía entonces, «desemejantes» y, por tanto, objeto de una peculiar admiración por parte de una sociedad aristocrática que se creía perfecta y se consideraba con derecho a la burla o al desprecio de unos seres marcados con un estigma por la naturaleza, cuyo único objeto de su vida era divertirles.

Podras leer el artículo completo en el último número de Madrid Histórico

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