Toros y cañas en la Plaza Mayor de Madrid I

La plaza Mayor fue ideada y construida por los Austrias como espacio cívico para las más solemnes celebraciones de la monarquía. Respondía a las necesidades del espectáculo supremo de la época: la fiesta real de toros y cañas. En la plaza se celebraron 161 festejos (dos o tres al año) hasta que la llegada de los Borbones los redujo a solo 22 (uno cada 7 u 8 años). Recuperaremos en esta entrega las crónicas e imágenes de los antecedentes y del tiempo de los Austrias, como homenaje al IV Centenario de nuestra plaza Mayor.

Fiestas reales de toros y cañas. Antecedentes

Como muestra de la antigüedad de los festejos taurinos en España podemos destacar su primer testimonio literario pictórico, como fue la tradición del «toro nupcial» presente en las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, que nos remontan al siglo xiii y al escenario de la extremeña plaza de Plasencia, con la imagen del novio que corría al toro y lo conducía a casa de la novia, con tanto riesgo que precisó de la protección salvadora de Santa María.

 

La celebración de los festejos taurinos en Madrid con la participación real se remonta a los tiempos de Juan II, época en la que eran habituales en toda Castilla. El rey, recién casado con la aragonesa doña María, entra en la futura corte en 1418 y el concejo apareja una plaza cuadrada de madera (entre las puertas Segoviana y de la Vega) donde se corre una novillada en la que dicen que el rey mató un novillejo a puntilla, suerte en boga y de mérito en la época. Al año siguiente, al ser declarado el rey mayor de edad por las Cortes Generales, se repite un festejo similar en el Campo del Rey en el que el joven monarca alanceó un toro, escoltado por muchos caballeros. En 1462, en tiempos de Enrique IV, se celebra el nacimiento de la Beltraneja y su juramento como princesa heredera, con festejos de esta naturaleza en el Soto de Luzón (Dehesa de la Villa), y al año siguiente se repiten en el Campo del Rey con motivo de la llegada del embajador del duque de Bretaña. En esta última ocasión se lucen con los toros los más distinguidos nobles, concluyendo la fiesta «con un juego de cañas de cien caballeros divididos en dos cuadrillas, montados en briosos caballos con jaeces dorados y vestidos con magníficos trajes y adargas de primoroso bordado». Las celebraciones por la llegada de los Reyes Católicos a la villa en 1477, incluyen en el programa de honores una corrida de toros y cañas con participación de algunos hidalgos en la plazuela de la Paja; años después (1493) se repetiría un acto parecido que tal vez sería el último del reinado, pues parece que la reina no era aficionada a los espectáculos taurinos.

Pero si hemos de buscar imágenes de festejos reales de época, hay que aportar el lienzo atribuido al pintor flamenco Jacob van Laethem, del séquito real, que nos ofrece la imagen de una corrida de toros realizada en Benavente en 1506 en honor de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla.

 

Centrándonos de nuevo en Madrid, hay que remontarse a 1528, con Carlos I, cuando se celebra –por la jura de su heredero– en el Campo del Moro un festejo en el que el emperador rompió tres lanzas picando al primer toro, ejemplo que seguirían otros muchos nobles. Felipe II presenciaría las celebradas en 1534 con ocasión de la jura del heredero en los Jerónimos teniendo como escenario el inmediato Prado, «lidiando los caballeros con rejón en mano, por lo que, fueron muy aplaudidos y regalados». Felipe III también promovió estos festejos que tuvieron lugar en 1598 con motivo de la entrada de la reina Margarita. Todos los jóvenes de la grandeza, a pie y a caballo, tomaron parte en ellos como lidiadores. En la jura de su heredero (1608) hubo fiestas de toros por «bajo del terreno del alcázar, en donde se construyó un palenque y graderías para las damas». Pero lo cierto es que Madrid recuerda a Felipe III por la construcción de la plaza Mayor, obra que estaba destinada a servir de escenario a los más solemnes actos y festejos de la Corona en un espacio capaz de contener 50 000 almas.

Plaza Mayor vs. plaza de toros

Se sabe del interés de Felipe II, cuando ya Madrid es la capital del Reino, por configurar una plaza Mayor que, además de sus tradicionales funciones de mercadeo de artículos básicos, permitiera disponer de un amplio espacio cívico en que se pudieran celebrar espectáculos y actos públicos de la máxima solemnidad.

 

El proyecto lo desarrolla su heredero Felipe III, con diseño de Gómez de Mora, y tras la finalización de los derribos de la plaza primitiva llamada del Arrabal –en la que también se daban festejos de toros en los días del calendario de los santos patronos–, en las semanas finales de 1617, las autoridades quieren asegurarse de la capacidad del recinto proyectado. Así, el 4 de diciembre se celebra, como transición entre la desaparecida del Arrabal y la que inmediatamente se construiría, una fiesta de toros y cañas, entre contrahechos de maderas que simulaban ventanas y tablados, en presencia del rey y sus hijos, para que el monarca determinara el ancho y largo, ensanchándola o alargándola, a su voluntad, para la gloria y grandeza de la Corona, en el entorno ciudadano designado para las grandes celebraciones.

En realidad, el tamaño estuvo condicionado más por el amplio espacio que requerían las galopadas de los jinetes en los juegos de cañas, que el preciso para correr toros. Así lo evidenciaría –más adelante– el menor aforo de las primeras plazas destinadas ex professo a ofrecer corridas de toros en Madrid (la provisional del Manzanares o la permanente junto a la puerta de Alcalá), ambas de la primera mitad del xviii. También los aficionados taurinos preferían la asistencia a la lidia en estas plazas que en la inmensa plaza Mayor, pues su excesivo tamaño dificultaba la visión de la mayor parte de las faenas, propias del toreo moderno, que poco a poco fue imponiéndose.

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