Artesanos del libro: Impresores y Editores

La llegada de la Corte a Madrid, ante la lógica creciente demanda de libros, supuso el desarrollo del sector librario en nuestra ciudad. Como resultado, se va produciendo una mayor concentración de talleres impresores, librerías, editores y de todos aquellos oficios inherentes a este gremio. A pesar de ello, el panorama de nuestros impresores nacionales no sería muy halagüeño, debido al monopolio ejercido en esta industria por las grandes compañías europeas. Paradójicamente, la realidad de nuestros impresores y editores no concordaría con el inmenso esplendor del desarrollo de la literatura española del Siglo de Oro. La consecuencia: las bibliotecas españolas se nutren de obras nacionales, pero editadas en otras ciudades europeas.A

En líneas generales, la gran mayoría de los historiadores del libro coinciden en la premisa de que el libro español del siglo xvii, en lo referente a calidad material, deja bastante que desear; curiosamente, en un periodo en que esta realidad no concordaría con el inmenso esplendor del desarrollo de la literatura española del Siglo de Oro. Razones y causas para esta realidad hubo muchas, y entre ellas que la situación general de la imprenta y librería españolas fue la de una industria geográficamente muy dispersa, constituida fundamentalmente por modestos talleres con baja demanda de trabajos y con una también paupérrima disposición de librerías, todo ello con las consabidas excepciones en ambos sectores.

Pero, a pesar de esta poco halagüeña puesta en escena, hay que reconocer que en Madrid —escenario que aquí nos compete—, lógicamente, al trasladarse a su sede la Corte del reino, la industria del libro se iría viendo acrecentada: primero por una consecuente creciente demanda de libros; y segundo, por un mayor grado de alfabetización de la sociedad madrileña, factor que, con retrocesos y bajones, indudablemente sufre un progreso ascendente y constante entre 1550 y 1650.

 En este sector del libro, distinguiendo a cada uno por su oficio, hallaríamos: primero, a los hacedores, que serían los editores, personajes gracias a los cuales se alimenta la idea del proyecto de una publicación, y a los impresores, encargados de elaborar físicamente el objeto; segundo, a los expendedores o distribuidores, vocablos que identificaremos con los libreros; y tercero, y completando el cuadro, los consumidores de este producto, es decir, los lectores, que a su vez podían convertirse en coleccionistas, originándose la formación de bibliotecas.

Los impresores

La imprenta, como ocurre con cualquier otro negocio o actividad empresarial, ha de ser entendida como un negocio, es decir, con un objetivo prioritario: facturar ganancias. No pensemos que, por tratarse de la elaboración de un objeto-vehículo de cultura, se consideraba como un trabajo realizado sin afán de lucro en nombre del arte liberal y del conocimiento. Y ya hemos adelantado que la situación general de la imprenta española en el siglo xvii es la de una industria dispersa y constituida en su mayor parte por pequeños y modestos talleres de carácter local, o a lo sumo nacional y producción limitada, una realidad que dista mucho de la existente allende nuestras fronteras, donde los grandes centros editoriales europeos se hallan en un periodo de esplendor industrial y comercial.

Centrémonos en Madrid. No hay duda de que en la corte se va produciendo una mayor concentración de talleres impresores, aunque nunca en modo comparable a los grandes centros editoriales franceses, italianos o flamencos. Es más, paradójicamente serían estos impresores extranjeros los que van a instaurar los mayores y mejores obradores en nuestra capital, llegándose a veces a constituir auténticas dinastías familiares. Algunos de ellos —también ocurre con algunos de nacionalidad española— compartirían oficio, o tarea, con otros sectores profesionales: mercaderes, relojeros, cereros, etc., no siendo tampoco extraño que terminaran poseyendo algún nombramiento de carácter personal u ocupando cargos relevantes entre las autoridades locales.

Podrás leer el artículo completo en el número 79 de Madrid Histórico

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