El arroyo de la Castellana: Origen del paseo del Prado, Recoletos y la Castellana

La riqueza de aguas del subsuelo de Madrid ha sido muy conocida por todos a través de los tiempos; está surcado además por múltiples arroyos, hasta el punto de que el agua forma parte esencial en su existencia, y eso se indica en el propio escudo de la villa, en el que se dice que fue «edificada sobre agua, siendo sus muros de fuego».Es cierto, de hecho: todo Madrid flota sobre agua.

También su nombre, Madrid, deriva del morisco Maŷrīṭ, cuyo significado es el de «vena de agua», «cauce caudaloso», «riqueza acuática». En pleno siglo xxi el agua madrileña se reputa como una de las mejores a nivel mundial. Y el agua, cómo no, ha tenido una parte esencial en la configuración urbana de una parte principal de la villa, su límite más oriental, por la repercusión importante que tuvo en su trazado.

Geológicamente hablando, casi toda la Comunidad de Madrid es una cubeta de sedimentación que recoge las aguas de las montañas que la rodean, nutriendo a un gran acuífero subterráneo. El municipio de Madrid es con mucha diferencia el de mayor extensión y población de la Comunidad, y todo él se localiza en la cuenca del río Manzanares, con el centro urbano sobre un altiplano en su ladera izquierda. Así como el Manzanares delimita el centro del casco antiguo por su lado oeste, el arroyo Abroñigal lo hace por el este. Equidistante entre ambos cursos fluviales discurre el arroyo Fuente de la Castellana, tributario del Abroñigal, el cual vierte las aguas en el Manzanares al sur de la ciudad.

Sin embargo, los antiguos cauces de los dos arroyos mencionados hoy en día se han transformado en ríos con un gran caudal, pero no de agua, sino de vehículos. La cárcava creada por el Abroñigal alberga a la caudalosa circunvalación de la M-30, siempre rebosante de tráfico, y la de la Fuente de la Castellana ha dado lugar al eje formado por los paseos Castellana-Recoletos-Prado, hoy en día la principal arteria económica y cultural de la ciudad.

El llamado de la Fuente Castellana, del Prado o Carcavón era un arroyo madrileño, hermano pequeño del Manzanares. Esta fuente, que le dio nombre, también llamada del Obelisco, era junto con la de los Galápagos, una de las dos fuentes encargadas por Fernando VII para festejar el nacimiento de la princesa Isabel, luego Isabel II. El arroyo discurría en ligera pendiente, desde la zona más elevada de la villa —en lo que hoy es la plaza de Castilla, más o menos— entrando en Madrid por la Puerta de Recoletos —actual plaza de Colón— hasta la Puerta de Atocha —hoy glorieta de Carlos V—, donde de forma incontrolada desaguaban varios pequeños cauces que libremente fluían por el sector y las aguas que bajaban desde la calle de Atocha.

Aunque lleva cientos de años desaparecido, en el siglo xvii el arroyo corría libremente por el Prado, hacia la parte del Retiro, cuyas tapias llegaban hasta allí y al que se entraba por unos puentecillos sobre este arroyo, de los que hablaremos posteriormente. Era conocido, como ya se ha dicho, como el arroyo de la Castellana, del Prado o del Carcavón. Hoy corre enterrado, ya que comenzó su vida subterránea en tiempos de Carlos III.

Como todos los cursos de agua de Madrid, este arroyo siempre ha oscilado entre la sequía y la riada, y ha sufrido tremendas avenidas e inundaciones. Lo cierto es que parte de esta corriente de agua, sin apenas sistema de canalización, se ha perdido por el subsuelo, provocando notables problemas de transito por los charcos y lodazales que generaban.

Uno de los episodios más destacados en este ámbito fue el que protagonizaron el rey Carlos II y su madre, Mariana de Austria. Narra José del Corral en su libro Sucedió en Madrid que en septiembre de 1680 ambos fueron a rezar a la Virgen de Atocha. Para llegar a la iglesia, a la que se trasladaron en carro, era necesario pasar por el Prado, territorio antagónico al actual y marcado por el paso del arroyo. En principio no había ningún problema, porque el nivel del agua era fundamentalmente bajo, pero surgió el imprevisto. A la ida no hubo mayor inconveniente, pero pasadas unas horas el cauce se desbordó y anegó todos sus alrededores. El carruaje que portaba al Hechizado y a la Reina Madre no pudo siquiera comenzar el camino, con la obligación de dar la vuelta y esperar a la bajada en el Palacio del Retiro. Estas subidas repentinas, también habituales en el célebre Manzanares, eran algo a lo que se tuvieron que acostumbrar las gentes de Madrid.

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