Dosier: La Mala Vida en Madrid

¿Desde cuándo goza Madrid de esa fama de ser una ciudad trasnochadora, esa ciudad que no duerme nunca? Pareciera que desde siempre. Existe un refrán ya en el siglo xvii que rezaba así: «Madrid, ciudad bravía / que entre antiguas y modernas / tiene trescientas tabernas / y una sola librería» (Pasies Monfort, 2014).

Sin embargo, no existe hasta mediados del siglo xix un ocio tal y como lo entendemos ahora. En las sociedades agrarias preindustriales el tiempo venía marcado por los trabajos agrarios y el tiempo libre estaba tutelado por la Iglesia y los poderes públicos, con lo que las personas gozaban de poco margen de decisión a la hora de disfrutar de sus horas de descanso. No es hasta que nacen las sociedades urbanas modernas en Europa que empieza a perfilarse la idea de un ocio en el que el objetivo era distraerse y divertirse, muchas veces al margen de la familia (Moral Ruiz, 2001). Este ocio se vio favorecido por el desarrollo de las clases medias, con más poder adquisitivo y nuevos gustos sociales, así como por las nuevas posibilidades que se abren a la clase trabajadora por medio de leyes como la del descanso dominical de 1903 y el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas en 1919.

El descanso empieza entonces a vivirse como una serie de actividades que distraigan, relajen y diviertan, con una expresión más laica que religiosa. Como consecuencia, se crean nuevos espacios públicos y nuevas formas de sociabilidad, impulsado por la expansión y crecimiento demográfico de las urbes. Madrid pasa de 157 mil vecinos, en el censo de 1842, al millón de habitantes en vísperas de la guerra civil, un avance importante, aunque muy lejos de las más importantes urbes europeas.

El despertar del Madrid nocturno se inicia con los primeros síntomas de modernidad en nuestra ciudad, en la que nuevos adelantos técnicos van cambiando la vida cotidiana, como la instalación del alumbrado de gas en 1840 o la inauguración de la primera línea de tranvía de tracción animal en 1871 (Baker, 2001). No es un paso rápido, podría decirse que dura hasta las primeras décadas del siglo xx.

Las ciudades están cambiando, pero la vida madrileña se hacía en la calle desde mucho antes. En casa no se entraba sino a comer y a dormir y la vida familiar en las clases populares era escasísima. Galdós, uno de tantos literatos que relatan esa época, se fascinó por las calles de Madrid cuando llegó aquí en 1862 con diecinueve años: «Salir por salir, por ver aquel Madrid tan bullicioso, tan movible, espejo de tantas alegrías, con sus calles llenas de luz […] su desocupado gentío que va y viene en perpetuo paseo» (Pérez Galdós, 2018).

Si las horas del día eran para el trabajo del entorno proletario, mientras las clases acomodadas dormían o descansaban, la tarde era para la sociabilidad, y la noche para la diversión.

Tomamos esta imagen de la construcción del tercer tramo de la Gran Vía publicada en 1922 en el Diario El Sol como símbolo, ya que la ideación, apertura y diferentes tramos de esta calle se pueden considerar la materialización de este lento tránsito de Madrid en la modernidad (Moral Ruiz, 2001).

La Gran Vía entró en el imaginario madrileño antes incluso de convertirse en realidad. Sólo con el proyecto que se presentó al Ayuntamiento, y que ni siquiera fue el que posteriormente se llevó a cabo, se instauró en el imaginario colectivo madrileño, dando lugar a una entonces exitosísima zarzuela, con música de Federico Chueca y Joaquín Valverde, llamada precisamente así, La Gran Vía (1886). Nos interesa esta zarzuela por lo mismo que interesó a Nietzsche (2005), que quedó fascinado de que en su retrato del ambiente madrileño, aparecieran como héroes nada menos que los Tres Ratas que se expresaban así:

En los tranvías y ripperts

y en dónde se halla ocasión,

damos funciones gratuitas

de prestidigitación.

No hay portamonedas

que seguro esté,

cuando lo diquela

uno de los tres.

Y si cae un primo

que tenga metal,

e le da el gran timo,

aunque sea el primo

un primo carnal.

Hasta principios del siglo xx, España tuvo tasas de criminalidad superiores a otros países europeos, y era lógicamente en Madrid, principal urbe del Estado, donde principalmente se desarrollaba. Dos científicos de la época, Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo, se proponen analizar el emergente lumpen urbano que había ido poblando la novela y el teatro —y por tanto, las ciudades— desde mediados del siglo xix (Martínez Torres, 2002). Aunque escrito con intención científica, es una fuente de información apasionante de la manera de vivir —cabría decir, sobrevivir— en los márgenes. Adentrándose en los arrabales, buscaron información de primera mano en prostíbulos, cárceles, hospicios y distintos locales de auxilio social. Para ello contaron con colaboradores, siendo uno de ellos nada menos que Pío Baroja.

Fácil comprender que fuera el escritor que mejor describiera los ambientes suburbiales en su trilogía La lucha por la vida —título bien significativo—, más concretamente en La Busca (Baroja, 2005), cuyos protagonistas son golfos —de los que hablaremos ahora— que saltan continuamente del suburbio al centro y viceversa. Incluye, entre otras muchas aportaciones, un diccionario de argot, como el que hemos visto utilizar a los Tres Ratas de la zarzuela (primo, diquelar…). Nos cuentan que el propio nombre de ratas y rateros se empezó a utilizar para designar a los pequeños delincuentes habituales de las grandes poblaciones de principios del siglo xix, según ellos mismos explican. En su libro no nos aparecen simpáticos ratas como en la zarzuela, sino personas que desde muy jóvenes saben que para sobrevivir no deben bajar la guardia. Los golfos.

Podrás leer el dosier entero en la revista Madrid Histórico 84

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