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Madrid, a la altura del S. XIX, vivía aprisionada en una cerca que había sido construida por orden de Felipe IV. En 1860 se aprobaría el plan de ensanche, realizado por el ingeniero Carlos Mª de Castro. Con él, la ciudad quedaría dividida en casco (almendra central), ensanche (el espacio comprendido entre los bulevares y las rondas) y extrarradio (al otro lado de las rondas de Reina Victoria, Raimundo Fernández Villaverde, Joaquín Costa, Francisco Silvela y Doctor Esquerdo).

La migración procedente de otras provincias propició la densificación del casco antiguo. La gente llegada del campo para trabajar en la ciudad se encontró con el problema de que no encontraban vivienda para instalarse. Solo había dos opciones de alojamiento: las buhardillas, cuartos interiores, sótanos, desvanes y sotabancos existentes en las casas de alquiler para la clase media y la burguesía y, por otro lado, las llamadas “casas de vecindad” en el casco antiguo.

En el primer  caso, los alquileres eran muy altos y en el segundo, vivían hacinados, con la consiguiente falta de salubridad. Muchos optaron por fabricarse sus propias casas en el extrarradio, eran modestas casas unifamiliares de adobe. Estaba claro que había que facilitar el acceso a la vivienda a la clase trabajadora. Las altas cifras de mortandad en el casco antiguo aconsejaron la construcción de casas aisladas para una sola familia, rodeado de jardín como medida higiénica.

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