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Estamos en una de las vías más emblemática de la villa madrileña. A lo largo de la historia se le han conocido diversos nombres; en un principio se denominó calle del Sol, entre 1843 y 1845 recibió el nombre de calle del General Zayas, militar que destacó en la lucha en la defensa de Ferrol el 26 de agosto de 1800 frente al ataque de los ingleses, luchó contra los franceses en la guerra de la Independencia y contra las tropas realistas de Fernando VII a la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en el año 1823 y entre 1936 y 1939 se denominó calle de Antonio Coll en conmemoración de un miliciano fallecido en acción de guerra al desactivar cuatro tanques italianos y convirtiéndose en héroe republicano.

Ya han pasado muchos años desde que la Puerta del Sol era el punto de origen de diversos senderos hacia el Prado. Al construirse el monasterio de San Jerónimo en 1503, la actual Carrera de San Jerónimo aumentó su trasiego y se convirtió en una vía para carros que iban a visitar el monasterio. La importancia de esta vía aumentó de forma considerable al ser utilizada por los Austrias en sus traslados desde el antiguo Alcázar al nuevo Palacio del Buen Retiro.

En 1761 aprueba Carlos III el proyecto de Sabatini para modernizar el empedrado de las calles madrileñas, sustituyendo los molestos guijarros de cabeza de perro por los adoquines de granito, y esta fue la calle elegida para iniciar las obras. El Hospital de San Andrés estaba situado entre las actuales calles de Carrera de San Jerónimo y Alcalá; fue fundado por Juan II en 1438 para atender a los enfermos de la gran peste de este año. Sobre sus ruinas mandó edificar en 1529 Carlos V el Hospital del Buen Suceso y tenía delante una fuente con una estatua de Diana. A esta la bautizaron los madrileños como la Mariblanca.

Al comienzo de esta calle, en plena Puerta del Sol, se encontraban dos conventos-iglesias uno frente al otro. El convento e iglesia de San Francisco de Paúl, más conocido como de la Victoria, comprendía el espacio delimitado por la Carrera de San Jerónimo y las calles de la Victoria, Cruz, Cádiz, Carretas y la Puerta del Sol, y justo en la acera de los impares se encontraba la iglesia-hospital del Buen Suceso. Frente a la iglesia del Buen Suceso era costumbre que se instalaran las casetas y tablas para la venta de carnes, aves y tocinos. Las de verduras y frutas tenían su sitio junto a la Victoria y en los alrededores y bajos de las Gradas de San Felipe se abrían las tiendas de joyería, mercería, paños, sedas y, sobre todo, librerías.

El arquitecto fray Juan de la Victoria, que pertenecía a la Orden de San Francisco de Paula de los Mínimos, solicitó al rey Felipe II la construcción de un convento en Madrid que se llamaría convento de Mínimos de San Francisco de Paula. El rey aprobó el proyecto y se procedió a la construcción del edificio, que finalizó en el año 1561. La misa de la iglesia de la Victoria estuvo muy de moda en los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, porque los frailes victorios tenían reputación de decir las misas muy ligeras; también eran renombradas las reuniones en el atrio de la iglesia entre damas y galanes. El atrio del convento de la Victoria, parecido al de la Encarnación, servía de mentidero y lugar de tertulia. Hubo, así mismo, en las afueras del recinto unos tenderetes de venta de libros usados. Entre los mentideros importantes estaban: el de las Gradas de San Felipe, el de las Losas de Palacio, el de Representantes, el de la Victoria y el Senado de los Pícaros de la plaza Mayor.

La imagen de Nuestra Señora de la Soledad que presidia la iglesia era muy popular, de mucha veneración en Madrid, y por ello era sacada en la procesión del Viernes Santo. Había sido hecha por encargo de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, quien encargó a Gaspar Becerra que de una imagen pintada que había traído de Francia hiciera otra de bulto. Hizo varias, pero no fueron del gusto de la reina, hasta que una noche se despertó y, usando un tronco a medio quemar que había en la chimenea, hizo una cabeza que asombró a todos. La reina se la dio a su confesor, fraile mínimo, que la llevó a su convento, donde la pusieron en la iglesia con el nombre de Nuestra Señora de la Soledad, y después se le hizo capilla propia. Fue la primera que se hizo en España con esta advocación de la Virgen.

La iglesia era de arquitectura neoclásica. Durante la guerra de la Independencia el edificio fue seriamente dañado y posteriormente restaurado. Tenía la puerta en la actual calle de Espoz y Mina, que por aquel entonces no existía como tal calle. La iglesia de la Victoria aparece referenciada en la literatura del siglo xvi y xvii en obras como La celosa de sí misma de Tirso de Molina. La iglesia-convento desapareció con la desamortización de Mendizábal y la ampliación de la Puerta del Sol.

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