Llega el momento de repasar la estrecha relación entre Madrid y la historia de la tauromaquia presentando a la capital como el principal escenario de esta tradición en España. De hecho, ya en el Fuero de Madrid de 1202 se cita la diversión taurina y en octubre de 1418 tenemos la noticia más antigua de una plaza de toros en Madrid.
Durante los siglos xvi y xvii las corridas se celebraban en lugares emblemáticos como la plaza Mayor vinculadas a ceremonias religiosas y acontecimientos políticos. En el siglo xviii surgió el toreo a pie y se construyó la primera plaza permanente de Madrid, impulsando figuras legendarias como Pedro Romero y Costillares. Posteriormente la ciudad contó con diversas plazas hasta culminar en Las Ventas, inaugurada en 1931 y considerada la Catedral Mundial de la Tauromaquia.
Madrid es el mayor y el mejor exponente de lo que ha significado la historia de la tauromaquia, porque es en Madrid, desde que fue asentada en ella la capitalidad por Felipe II, donde se forja el toreo y cuando se profundiza en la historia taurina de la capital, se conocen perfectamente los fundamentos de esa historia. Esta trascendencia histórica está fuera de toda duda, pues no ha existido ciudad alguna en España ni en el mundo donde se hayan celebrado tantas y tan importantes corridas. Podemos decir, por tanto, que Madrid ha sido el mejor escenario histórico de la tauromaquia.
Parece ser que el origen de la tauromaquia en España se basa en la influencia hispano-musulmana, por lo que es muy probable la existencia de corridas de toros en Madrid durante su periodo musulmán. En cuanto a este periodo, y trasladándonos al lejano siglo xi, según lo que nos cuenta la tradición, cuando Madrid era «castillo famoso, que al rey moro alivia el miedo», en lo que hoy es la plaza del Alamillo, en esa época sede del Alamín, tribunal que impartía justicia entre la comunidad morisca que habitaba la villa y que se hallaba en fiestas, un gallardo caballero cristiano, parece ser que el Cid, alanceó magistralmente un toro muy bravo, venciendo en esta lid, nunca mejor dicho, a los oponentes musulmanes que también intervenían en la lucha y que no pudieron con la bravura del morlaco. Esta aventura taurina-caballeresca del Cid la narra preciosamente en su Fiesta de toros en Madrid Leandro Fernández de Moratín.
Como se ve, desde época muy remota Madrid ha marcado siempre las pautas, primero del toreo caballeresco y posteriormente del toreo que pudiéramos denominar profesional.
Ya en el siglo xviii, y a través de los tiempos, ha tenido un público entendido, apasionado e incondicional que ha llenado a rebosar sus plazas: primero la histórica de la Puerta de Alcalá, después la de la carretera de Aragón, donde después se ubicó el Palacio de los Deportes, la de Tetuán, la del Puente de Vallecas, de Vista Alegre y, en la actualidad, la única en funcionamiento, la de Las Ventas, convertida en la Catedral del Toreo.
Madrid ha sido desde el siglo xvi un centro taurino de primera fila, cuando se convirtió, de la mano de Felipe II, en la capital de su gran imperio, que atraía hacia sí no solo a gentes de todos los puntos de España, sino también a muchos extranjeros sobre los que ha ejercido una extraña y a veces una contradictoria influencia, la afición a los toros, por ejemplo.
Veremos la tremenda evolución que ha experimentado desde entonces hasta la actualidad esa afición, pero para eso vamos a viajar en el tiempo para hablar de lo que hoy entendemos por corridas de toros, y hemos de remontarnos al Medievo para encontrar su origen. Estos festejos nacen a la vez que nuestra literatura y nuestros reinos de Castilla, León, Navarra, Aragón… Y fueron muy brillantes en el reino nazarí en la Andalucía islámica, a finales de la Edad Media, y es muy probable que también existieran mucho antes en otras tierras de la España musulmana.
La primera noticia documental que se tiene de una corrida de toros data del siglo xi: en las fiestas de las tornabodas de Blasco Ximeno con doña Arias Galinda, en Ávila, donde se lidiaron seis toros por gentes de a pie y de a caballo: «E hobieron gran solaz», según recoge el conde de las Navas.
Divertirse en los toros ha sido siempre algo muy peculiar en la villa madrileña, de tal forma que ya se cita esta diversión taurina en el antiguo Fuero de Madrid de 1202, sobre los que da unas ciertas normas.
Los festejos de Toros y Cañasse hacían en días muy señalados por fiestas o conmemoraciones. Estaba estipulado el precio de los toros que habían de correr por las calles camino de la Carnicería, en cuyo trayecto se dejaba entrar a los mozos para que mostraran su apostura y valentía, en cada quiebro y regate a cuerpo limpio, a las respectivas mozas de sus amores.
Durante el siglo xv las referencias a los festejos taurinos son muy numerosas en toda la Península, también en la luminosa y pequeña villa de Madrid, y eran acogidos siempre con gran entusiasmo.
La noticia más antigua de una plaza de toros en Madrid aparece citada el 23 de octubre de 1418. En esa fecha el Concejo madrileño montó una plaza cuadrada entre dos puertas de la villa, la de la Vega y la de Segovia, para correr unos toros en honor a Juan II de Castilla. En el mismo reinado hay noticias de otras plazas en el Campo del Rey, lo que es hoy la plaza de la Armería. Siguió la tradición taurina su hijo Enrique IV, monarca muy afecto a las cosas de Madrid, que también corrió toros en una plaza montada ante el Alcázar y en el Campo del Moro. Asimismo, los Reyes Católicos podían ver los toros que se corrían en la plaza de san Andrés, hoy de la Paja, desde un balcón del palacio de los Lasso de la Vega.
Pero el entusiasmo taurino no lo compartía, por ejemplo, Isabel la Católica, a quien no agradaba mucho este tipo de fiestas, pues había presenciado algunas muertes por asta de toro. Para evitar más muertes, dispuso que se usaran cuernos de buey puestos hacia atrás sobre astas verdaderas para que no pudieran hacer daño grave, aunque técnicamente era poco viable y psicológicamente tampoco, puesto que el riesgo es y sigue siendo el ingrediente básico en la fiesta.
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