Entre los fondos del Real Jardín Botánico de Madrid reposa uno de los legados científicos más singulares de la historia moderna: las láminas de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, fruto del empeño de toda una vida del médico José Celestino Mutis.
Que ese patrimonio llegara a España fue mérito de Antonio Van Halen y Sarti, un oficial flamenco nacido en Cádiz, veterano de los mares y de las guerras de América. En 1817, apartado del servicio activo, recibió el encargo de custodiar y transportar aquellos fondos desde Santa Fe de Bogotá. Lo cumplió con rigor y discreción, sin imaginar que la historia de Madrid apenas recordaría su nombre.
Madrid guarda en el Real Jardín Botánico uno de los tesoros científicos más extraordinarios que el mundo moderno haya producido: miles de láminas de una belleza y precisión asombrosas que durante décadas el médico gaditano José Celestino Mutis fue acumulando en las selvas y montañas del Nuevo Reino de Granada. Llegaron a Madrid gracias a un hombre al que la historia apenas ha prestado atención. Antonio Van Halen y Sarti, oficial de origen flamenco nacido en Cádiz, curtido en los mares y en las guerras de América, se encontraba en 1817 separado del servicio activo y aguardando un destino que no llegaba. Cuando se le encomendó el traslado de los fondos de la Expedición Botánica desde Santa Fe de Bogotá hasta la Península, aceptó con la misma lealtad con que había empuñado las armas. Fue así como su nombre quedó unido, de manera casi involuntaria, al legado de Mutis.
Poco conocido para el gran público, Antonio merece, sin embargo, un lugar en la memoria de Madrid, no menos que su hermano Juan, cuyo busto preside el Retiro. Fue él quien cruzó el Atlántico con un cargamento de ciencia y belleza depositado entre el Jardín Botánico madrileño y el Gabinete de Historia Natural.
La expedición de Van Halen, capitán del ejército, no se enmarca en una acción militar, sino en el compromiso que adquirió al recibir la orden de custodiar y trasladar una importante colección científica que venía a incrementar, de manera exponencial, las piezas museísticas de las ciencias de la naturaleza en España. Había ingresado en la Academia de Guardias Marinas en Cádiz en 1792; entonces estaba lejos de saber cuál había de ser su vinculación con uno de sus convecinos nacido sesenta años antes.
Buceandoen las numerosas expediciones de aquellos tiempos ilustrados nos viene a recordar las fechas en que se produjo la historia real de la Bounty, que en 1787 se hace a la mar con la misión de protagonizar una expedición científica en busca del árbol del pan, circunvalando la Tierra, siguiendo la ruta del Cabo de Hornos, aunque con resultados diametralmente adversos y distintos a la de Antonio van Halen.
España llegó al siglo xviii cargando el peso de una hegemonía que se había ido desmoronando. Las potencias del norte de Europa habían tomado el relevo que el Imperio dejara caer durante el Seiscientos, y ante esa realidad incómoda, la Corona borbónica alumbró un proyecto de transformación que se conocería como la Ilustración española: ambicioso en sus enunciados, contradictorio en su ejecución y profundamente utilitario en sus fines.
Aquel movimiento no fue, en nuestro suelo, la expresión de una ebullición filosófica comparable a la francesa o a la inglesa. Tuvo, más bien, un carácter propagandístico y social, orientado hacia el mal definido pero urgente deseo de modernizar España. La modernización significó, en lo político, el reforzamiento del regalismo frente a la nobleza y el clero; en lo económico, un conjunto de reformas destinadas a aumentar la población, mejorar los rendimientos de los recursos naturales, transformar las viejas relaciones gremiales y sentar las bases de una economía de corte capitalista; y en lo intelectual, significó la recuperación de la ciencia como instrumento de progreso, tal como se había hecho en el Siglo de Oro, aunque ahora al servicio de un racionalismo pragmático y de un utilitarismo sin dilaciones. Fue en ese clima donde creció y se formó José Celestino Mutis.
Este desenlace institucional era, en cierto modo, el fruto natural de un largo proceso de construcción científica que la Ilustración española había ido levantando a lo largo del siglo. Desde la fundación de la Real Academia Médica Matritense en 1734, pasando por los colegios de Cirugía de Cádiz, Barcelona y Madrid, la Academia de Ingenieros, el Observatorio de Marina de Cádiz, el Real Colegio de Artillería de Segovia, el Gabinete de Historia Natural y numerosas academias militares, la Corona había tejido una red de instituciones orientadas al conocimiento útil y a la formación técnica. Entre todas ellas, el Real Jardín Botánico de Madrid, fundado en 1755, ocupaba un lugar singular, aunque al establecerse contaba con escasa representación de las floras exóticas y el comercio de drogas y materiales americanos, excluidos el oro y sobre todo la plata, no atravesaba su mejor momento.
El sustento intelectual de aquel impulso reformador se había ido fraguando en textos como el Proyecto económico de Bernardo Ward, redactado hacia 1762 aunque no publicado hasta 1779. Ward defendía la necesidad de un conocimiento práctico previo a cualquier mejora: había que inventariar antes de actuar. Eso mismo hicieron los ilustrados en el ámbito de las ciencias naturales: levantaron acta de las producciones del territorio como paso indispensable para cualquier otra intervención. Y lo hicieron a través de estructuras jerarquizadas, con frecuencia de corte militar o directamente militarizadas, autosuficientes pero dependientes de Madrid. Los jardines botánicos eran piezas clave de ese engranaje, tanto para el conocimiento de las floras autóctonas como para la aclimatación de las exóticas.
Para comprender el alcance de tan singular empresa expedicionaria conviene remontarse a sus orígenes y, sobre todo, conocer al hombre que fue su verdadero artífice: José Celestino Mutis. No era Mutis un sabio encerrado en su gabinete, ajeno al mundo que lo rodeaba. Su grandeza humana se medía también en la generosidad con que abría su puerta a quienes lo necesitaban, pues él mismo dejó escrito que mantenía abiertas las puertas a cualquier hora del día para recibir, sin distinción de personas ni interés alguno, a cuantos imploraban socorro en sus enfermedades.





