La tonadilla y tonadilleras en el Madrid de la Ilustración

A partir de la segunda mitad del siglo xviii surgió, de forma paulatina pero firme, un fenómeno musical que tuvo un rápido desarrollo y un éxito fulminante: la «tonadilla escénica» que ponía de relieve la vibración del sentir del pueblo, cargando el acento en los aspectos «plebeyos» y reflejando con destellos de auténtica gracia en episodios y escenas cotidianas, la vida ordinaria de sus gentes y sus tipos castizos.

La catedral de las tonadillas residía en el ángulo madrileñísimo que entonces existía en la calle de la Cruz, en el número 37, lugar que luego fue derribado para formar la prolongación de la calle de Espoz y Mina, uniéndola con la plaza del Ángel. Fue, en un principio, corral de comedias al igual que el de la Pacheca, convertido más tarde en Teatro del Príncipe, rival directo del de la Cruz, y posteriormente en el actual Teatro Español.

Las «tonadilleras», auténticos ídolos del Madrid del xviii, mujeres de clara raigambre popular, «majas» genuinas, interpretaban el sentir del pueblo al que pertenecían con espontaneidad y gracia y en la cúspide de su fama eran adoradas por el pueblo de Madrid que las consideraba casi de su propiedad. Todas ellas fueron celebradas y admiradas, unas por su belleza, otras por su arte o por ambas cosas a la vez. Su vida, escandalosa a veces, y sus amores corrían de boda en boca por toda la villa y atraían como un poderoso imán a los madrileños que llenaban los dos coliseos de la Cruz y del Príncipe día a día para aplaudirlas.

Los «graciosos» fueron el contrapunto indispensable y compañeros habituales de las tonadilleras. Más que una hermosa voz lo que se requería de ellos era una gran vis cómica, aunque algunos fueran excelentes cantantes. En la mayoría de los casos, muchas veces su actuación quedaba un poco oscurecida, en un segunda plano. Muy pocos de ellos lograron, a excepción hecha de Miguel Garrido, una celebridad tan notoria que igualara e incluso eclipsara la de sus compañeras de tonadilla.

La tonadilla escénica, que volvía locos a los madrileños, fuera cual fuera su adscripción social, era bastante parecida a la ópera cómica, pues no se trataba de una obra independiente, sino de una serie de piezas al estilo de los intermezzi italianos, con seis, ocho o más números de música. Su duración podía rebasar los veinte minutos cuando intervenían varios interlocutores, y se intercalaba entre las jornadas o actos de las comedias en los dos teatros madrileños de la Cruz y del Príncipe. Su función como intermediario era similar a la desempeñada por el «baile» antes y el «sainete» o entremés, después.

La tonadilla llegó a desbancar totalmente a las canciones extranjeras y, sobre todo, a la ópera italiana, de la que había quedado saturado el país con la gran protección otorgada al cantante Farinelli, primero por Isabel de Farnesio y por Bárbara de Braganza después. El secreto de las coplas y tonadillas estaba precisamente en la ausencia total de academicismo y su éxito dependía, más que nada, de la gracia personal y la intención de la actriz que las interpretaba.

La tonadilla tuvo importantes compositores a su servicio. Y en ese género, tan popular, destacaron Antonio Guerrero, José y Antonio Palomino y Aranaz, en la primera etapa. Pablo Esteve y Blas de Laserna alcanzaron éxitos resonantes escribiendo tonadas para los coliseos de la Cruz y del Príncipe en pleno apogeo de la tonadilla, y Pablo del Moral, Acero, Abril León y Manuel García compusieron sus obras cuando este género comenzaba su declive.

En cuanto a sus intérpretes, las tonadilleras, fueron las auténticas reinas del teatro madrileño durante el siglo xviii. Estas mujeres, de clara raigambre popular, «majas» genuinas, interpretaban en sus canciones el sentir del pueblo al que pertenecían con espontaneidad y picardía, exentas por completo de actitudes estudiadas o ficticias. Muchas de ellas, dotadas de extraordinaria belleza o de una magnífica seducción, consiguieron el favor de nobles y señores principales, que las elevaron a estratos sociales muy superiores a los de su procedencia, llegando a codearse con escritores, intelectuales y personajes importantes dentro del ámbito cortesano.

Podrás leer el artículo completo en la revista Madrid Histórico 73

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